Adriana Magalevsky-A salvo

 Al entrar a la casa, lo primero que vio Teresita fue la valija donde su padre había empacado aquellas cosas que él consideraba necesarias.

-Dejá todo; vamos a la cama- le dijo su flamante esposo con la voz temblorosa por el deseo contenido durante años de soledad.
La jovencita obedeció. Fue al dormitorio y se metió en la cama. El hombre se acomodó a su lado, ella escuchó esa respiración casi jadeante y unos dedos que comenzaron a hurgarla. De pronto, tenía ya todo el peso de aquel hombre sobre ella. Entonces miró el techo de la habitación y justo en ese momento la vio. Esa era la casa con la que había soñado desde pequeña, durante las largas siestas en que imaginaba cómo sería su vida cuando tuviera una familia propia junto a su amado, aquel jovencito casi niño a quien ella había prometido amor eterno mientras experimentaban con sus cuerpos juegos que, hasta entonces, no conocían; solo respondían al mandato físico y espiritual de un amor simple pero intenso.
Cuando retornó a la realidad, vio que su marido se incorporaba como si fuera un pesado títere que era tirado por hilos invisibles. Estaba rojo:
-¡Vos y tu padre me han engañado, mocosa de mierda!- vociferó enloquecido- Ya te acostaste con otros, y ¡vaya a saber cuántos!
Después, como en una cámara lenta, Teresita vio a ese hombre que se abalanzaba hacia ella, con el rostro transfigurado por la decepción, con el orgullo destrozado y el puño rompiendo el aire irrespirable.
Ella puso sobre su retina, la dulce imagen de la casita que aparecía en sus sueños, con las paredes blancas y el techo rojo; alcanzó a percibir el olor del jazmín y una paz dulce como la miel. Pensó: Estoy a salvo. Y cerró los ojos.-

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