BLANCA SALCEDO-EN LA BALSA

 Pablito está al timón y la tormenta le azota el alma. Siente que el viento y el agua le golpean el rostro, se enroscan en su cuerpo y lo penetran; están en sus huesos, en sus tripas, le llenan la boca… lo colman y lo ahogan, mientras sus manos aferran esa barra que debe mantener firme para llegar a una costa… pero en su interior, ahogado tiene la certeza de que la costa no está.

Escucha los gritos de su madre. Ella ha muerto hace años, pero ahora está frente a él, acurrucada, abrazando un niño de siete años mientras piernas y brazos se enroscan a una gruesa soga. Ve cómo un brazo líquido sale del borde y se lleva a Aníbal, su mejor amigo. Cierra los ojos pero sigue viendo cuerpos que se deslizan hacia la tormenta. Piensa que todos desaparecerán. Que serán una repetida noticia de ilegales que no pudieron y cuyos cuerpos recogen maldiciéndolos unos hombres rubios que mastican los insultos en otro idioma…
La voz de Lidy lo rescata, está en su pequeño yate, con su mujer y los niños… debe llegar a la costa. El paseo de fin de semana se ha convertido en un regreso desesperado. A lo lejos ya se ve la luz y no puede evitar llorar… extiende la mano para alcanzar a su madre, pero ella se desliza hacia las negras aguas, dejando al niño amarrado a la soga…
Venderá el pequeño yate que compró para sentirse poderoso… no puede … nunca dejará de ser ese pequeño refugiado que desataron de una balsa semihundida. No importa toda una vida en ese país extraño… el agua lo sigue buscando.

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