Costilla Eliana Griselda-Ceibo japonés

 Tendría unos 13 años. Recordaba vagamente ese día. Será porque hay memorias que se resisten a la tristeza. El recuerdo entonces se vuelve una repetición invisible, una especie de duermevela teñida de voces y de sombras. La habían mandado a buscar una planta en una casa vecina. Ya estaba de regreso, con el ramo entre las manos. Sólo debía cruzar la ruta para reencontrarse con sus hermanos. Volverían a corretear descalzos persiguiendo el vuelo frenético de los pájaros, a cortar margaritas y a dibujar rayuelas gigantescas en el patio. Acaso fue el sol que la había enceguecido, o tal vez miró, un poco distraída, en un solo sentido. Lo cierto es que esa duda repentina y la inacción de su cerebro la dejaron suspendida entre la muerte y la vida. El conductor del auto dio una frenada violenta. Ella reaccionó para volver sobre sus pasos. Pero ya era tarde. La envestida fue consecuente a esa funesta indecisión. Las flores rojas del ceibo se confundían y mezclaban con la sangre y el negro alquitranado del asfalto. Rectángulos de vidrio rodeaban su cuerpo entumecido. De pronto comenzó a sentir punzadas salvajes que subían por su pierna y se apoderaban de su cuerpo, tragándose de a sorbos su conciencia. Era su pie, mostrando su cruda desnudez de talón mordido. La llevaron al hospital pero ni las agujas ni las infinitas cirugías le devolvieron su caminar preciso. Sin embargo, nunca se detuvo. A medio pies, como dando saltitos, anda sembrando sus arpegios y orgullosa de su eficiencia, a veces se detiene frente al imponente ceibo japonés que le recuerda aquella, su antigua y momentánea muerte.

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