Estela Aurora Dip de Dall'Agata-EL SURCO
Volviendo del cañaveral, fue quedando rezagada del grupo de peladores de caña con el que siempre volvía. Escuchó los cascos de un caballo a sus espaldas a paso lento y se le oscureció el camino. Conocía a todos sus vecinos y giró la cabeza para saludar. Antes de poder reconocer al hombre, se sintió elevar de la cintura, a la grupa del caballo.
A pocos metros, el hombre desmontó, y arrastrándola, le arrancó la ropa, empujándola con brusquedad sobre el pasto húmedo del rocío nocturno. Se desconectó mentalmente y fijando los ojos inundados en el cielo oscuro, con mil gritos agolpados en su garganta, pidió que fuera rápido, que no doliera.De pronto estaba sola, tendida de espaldas, con la blusa en harapos y la falda levantada hasta la barbilla. Le faltaban las fuerzas para levantarse, sentía un calor extraño y pegajoso entre sus piernas, un dolor que le oprimía el vientre, se había descuidado, pensó, y sintió culpa.
Los gritos de su madre y las luces de las antorchas la despertaron del sopor, sus hermanos la llevaron en andas hasta el rancho y su cuerpo sin voluntad fue sumergido en agua tibia con manzanilla para apaciguar el dolor.
- Al menos la dejó vivir. Muchas mujeres no pueden contarlo- fueron las palabras de la madre.
Sabía quiénes eran capaces de tales actos, señoritos de las fincas, ejerciendo su poder y sentido de pertenencia. Todo era suyo, tierra, personas y animales, para ellos era lo mismo.
Aquel año de 1872 nacía un niño. Sin casta, sin apellido. En silencio.
Poblando el surco, sembrando semilla junto a las cañas.
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