L. Eva Braum-Laura
Llegué y la encontré sentada en el banco frente a la dirección. Estaba derechita, con el guardapolvo planchado como siempre. Las medias blancas culminadas en guillerminas negras, colgaban en el aire columpiándose a un ritmo lento, pero sin perder el movimiento.
Estimo me detuve a observar sus pies, porque no quería verla a la cara. Igual, eso fue imposible, su rostro rojo e hinchado en contraste con el delantal, la convertía en una nena cara de tomate, de esos de quinta que a la mañana están humedecidos por el rocío.
Me paralicé al ver a la chiquita de la sonrisa siempre dispuesta, convertida en una mueca de tristeza correcta. No solo sufría, sino que lo hacía en forma prolija y sin escándalo.
Poco fue el tiempo transcurrido entre mi arribo y el ver salir al señor de traje y sombrero del despacho. Se detuvo frente a la niña y extendió su mano para que ella le correspondiera y así la encauso hacia la salida.
Atravesaron el pasillo, ambos con la cabeza en alto. La pequeña iba sumamente concentrada en mantener las lágrimas dentro del perímetro de sus rosadas mejillas para no mojar la ropa. Pasaron delante de mí y continuaron el camino hacia la calle sin decir nada.
A lo lejos, la directora de la institución hizo un ademan invitándome a su oficina.
Me acerqué despacio sin entender nada. Entré en silencio y me quedé de pie junto a la silla. Ella comentó:
- La retira del colegio. Se mudan a la capital, la empresa lo requiere allá.
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