Liliana Noemí Cevallos-La espera
Aquella mañana se levantó más temprano, se arrinconó en la cocina y colocó los pies al lado del bracero. Endulzó su alma con mates calentitos con poleo, las cuentas del rosario entre sus dedos.
Agosto, viento y zigzag de las persianas.Su hijo llegaría. Hacía tiempo del viaje a la ciudad.
Había dejado al alcance la guitarra, era posible que como en el secundario, cantara en la sobre mesa "para el que maneja los piolines de la marioneta universal", esa canción que se escuchó tarareando cuando lo pensaba.
En la carta que había recibido decía que almorzarían juntos.Por eso ella había preparado la masa y el relleno como a él le gustaba.
Seguro le contaría de su vida universitaria, de los rostros, de las voces, de discursos libertarios, de lemas y conquistas.
Ella escucharía atenta, lo miraría ávida para recuperarlo de los días ausentes, después le diría cosas simples. Guardaría solo para ella sus miedos y el dolor del vacío. El encuentro era milagro y era luz.
Extendió la masa sobre la mesa, armó bollos pequeños como nidos, los aplastó con el cuenco de la mano y fue armando los pasteles. Cada tanto miraba a través de la ventana.
Buscó el mantel para ocasiones especiales. Sí, a las sillas les colocaría los cojines nuevos.
Encendió el horno. Mezcló la yema de los huevos con azúcar.
Dos escalones, en el estante el frasco con zapallo en almíbar. Las copas, las cucharas.
Llegaría.
Colocó los pasteles en la bandeja, pinceló cada uno con ternura.
Al final del camino, la casa y ella con su cara en la ventana.
Agostos repetidos desde el día de la masa y el relleno.
De la espera infinita son testigos los mates con poleo y un rosario.
Hay un hijo que no llega.
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