Maribel Arreola Rivas-Una historia que contar

 La fiesta terminó de madrugada. Mariana se veía esplendorosa, era su cumpleaños y todos habían estado dispuestos a divertirse. Los regalos estaban sobre la mesa, un diario sobresalía de entre ellos, sonrió al pensar que era el regalo ideal para una quinceañera pero no para ella que cumplía treinta y cinco años. Sin embargo, como una adolescente apasionada comenzó a escribir.

El matrimonio llegó a muy corta edad y aprendí, que si lo amaba tenía que soportar sus groserías y engaños. Con crueldad me tomaba, me humillaba, mientras yo, lloraba por su indiferencia.
¿Cuándo comprendí que no me amaba? Quizás fue ese llanto amargo que me dejo ciega cuando le dije adiós a lo vivido y lo no vivido, a la soledad y a las lágrimas. Ahora, a mis treinta y cinco años aún temo volar, aún tiemblo cuando sueño, cuando miro al frente y veo un camino incierto por recorrer, y me estremezco con el deseo de entregarme, de recibir un halago, una sonrisa. Y tiemblo, tiemblo de emoción de saber que existo, que amo, que vivo.
El día comenzaba a asomar los primeros rayos de luz, Mariana estaba consciente de desconocer el mañana, pero la emoción de saberse viva le daba la fuerza para continuar. Sonriendo cerro el diario y se prometió cada día, ir escribir la trama de su nueva historia.

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