Olga Eugenia Ruiz-EL VECINO DE LA PIEZA DE AL LADO
Los años cambiaron el paisaje campesino del barrio. La casa, concreción de una época de proyectos compartidos, es grande, rodeada de galerías, cuatro habitaciones abren amigables ventanas a la esperanza.
En ese pedazo de tierra y de cielo concibió hijos, y los vio partir. En esa galería Mara, la amiga del alma, la que guardaba entre su cabello rubio y ensortijado, el perfume de sus amantes, compartió secretos, y apodó a su marido el “Negro”. Mara decidió irse hace muchos años, ni la hija que dejó cuando partió fue consuelo de su ausencia, incluso el Negro solía esperar inquieto su visita.Fue pocos años después cuando comenzaron los ruidos extraños, crujir de hojas bajo un pie anónimo, la despertaban, a su miedo el Negro contestaba con gruñidos o con mirada vidriosa, entre alcohólica y evocativa “un alma en pena”
Por aquella época se presentó Elena. Cuando sonó el llamador, una mujer joven miraba la casa con familiaridad, como de 14 años, rubia, de cabello ensortijado, la apariencia le erizo la piel. Escucho al Negro decir con autoridad: “mujer, yo atiendo”, y cuando los vio juntos, casi adivinó la palabra “papa” y presintió el abismo. Los balbuceos e incoherencias pretendieron explicar lo injustificable, la infidelidad, la pasión por la amiga que acompañó la traición.
Elena estuvo pocos minutos, él pocos días.
Cuando volvió, los 70 años dibujados en la piel delataron, experiencias que solo fueron opciones y la más desastrosa, la opción entre el retorno o la nada.
Ahora escucha sus pasos en la madrugada, el sonido suave de la cama en la pieza de al lado. Comparten un saludo, de vez en cuando un mate y el silencio… el silencio que es ausencia de palabras y por lo tanto de cura.
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