Rodriguez María Catalina - Sublimación
Gritos, golpes, pronto silencio hueco, aturdidor, y lluvia.
Fría la golpeaba, caía pesada sobre su rostro, húmeda sobre su espalda. Se limitaba a escuchar el golpeteo de las gotas en el fin de aquella vieja bañera.
Al salir era igual: el encuentro fortuito con la más insana de las locuras, con el odio en modo reflexivo. Un laberinto de pesadillas nublando su mente.
Su cara se sentía pesada, las rayas de sus medias comenzaban desprenderse y a rodar por el piso, formando puentes para que los horrores subieran libres a su cuerpo.
Todo volvía a comenzar.
Miles de voces, aparecían en un remolino insaciable. Releía una y otra vez memorias, tratando de encontrar errores, tratando de saber en qué había fallado, para salvarse.
Pero nada funcionaba.
Y comenzaba de nuevo el sonido: imperceptible, agudo y aterrador, seguido de aroma a carne podrida y sangre. Una rayuela interminable y de la que no podía salir. En sus manos veía sus uñas desechas en mordiscos, la carne saliente de sus dedos. Por su nuca reptaban bichos clavando sus patas como agujas por toda su columna vertebral. Su cuerpo lleno de morados, arañazos y cicatrices. A su alrededor mechones gruesos, arrancados directamente de su cráneo.
Y esa maldita mirada que le sonreía a través del espejo.
Los días pasaban, como agrias copias del día anterior, contemplando como el sol bañaba las hojas de los árboles, y se refractaba en las partículas de tierra que el viento levantaba. Un mar de sonidos se mezclaban y fundían en una mandala imaginaria para dar un espectáculo solo para ella.
Sentía como un hormigueo adormecedor la recorría por la columna.
Sus ojos absorbían cada vez más luz.
Ciega, cayó al piso.
Un fuerte aroma a niñez y bicicletas llenó sus pulmones.
Convirtiéndose así, en una etérea sublimación.
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