Alejandra Burzac Saenz-Sara

 A Sara, desde que nació, su familia la trataba como a una princesa. Creció soñando con el príncipe azul. A los diecinueve años lo encontró montado sobre un Ford Sierra dorado a la salida del cine un sábado de otoño. Desde entonces pasó a ser su princesa, se casaron en una fiesta de ensueños. No tuvieron hijos porque una princesa no debe perder la línea, y mucho menos la cintura.

En la tarde tomaba té y jugaba canastas y los fines de semana jugaba golf con sus amigas del country.
Fue la soberana en su reino durante veinte años, cuando descubrió que así como los sapos se hacen príncipes, también los príncipes se hacen sapos, muchas veces no por un beso, sino por el paso del tiempo.
Y ella se sintió una rana. Había dos posibilidades posibles. Hundirse en su laguna y croar de vez en cuando o saltar tan alto como le permitieran sus patas y salir hasta donde le den sus fuerzas. Y eligió lo último.
Hoy es una señora común, empezó a trabajar, a reír, a cantar y a bailar, hizo amigos también comunes y descubrió lo feliz que una persona cualquiera puede ser vestida de jeans, sin tener que estar al servicio de un reino imaginario sirviendo a las convencionalidades machistas culturalmente establecidas entre cedas y terciopelos.

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