Ana Isabel del Carmen Vera Amate Perez-La Espera

 Solía asomar su cabeza por entre la rejas de la ventanita que daba a la calle, sus ojos trataban de mirar más allá de la esquina buscando apareciera Samuel. La jorobada anciana calculaba los horas, luego agregaba más agua a la pava que no se cansaba de hervir en la cocina…



”Si tuviera un bracero no estaría controlando todo el tiempo que el agua no se evapore, pero Samuel dice «mama hay que modernizarse, usted con una cocina a gas va a tener más tiempo para sus cositas», como si mis cositas fueran muchas, yo me conformo con poder calentar el agua en el bracero mientras pongo la manguera pa regar las dalias y trajino un poquito por el patio, después me siento en la silla petisa y meta que te meta tejo las puntillas o remiendo alguito. M´hijito solo piensa en mi sin darse cuenta que mi costumbre mejor o pior, es otra”….


Ya van pasadas las doce y de Samuel ni la sombra. Será que aún el patrón lo entretuvo con algo que se le ocurrió a último momento, o lo llevó a la casa grande para que retire algunas cositas que si bien están medio rotas servirán. Lavada de conciencia, así el domingo no necesita ir a confesar sus pecados porque se redimió al dar las cosas en desuso a los pobres.
En el aire se respira una sensación extraña, la reja de la entrada está entre abierta y la comida reposa cansada de esperar ya con sabor a hiel.
La viejita detuvo el tiempo, sus manitos encierran tiernamente la medallita de bautismo de su hijo mientras la besa y reza.
Samuel no ha vuelto
no va a volver
su madre sentada se apaga lentamente en la eterna espera.

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