Beatriz Belfiore-Arroz con leche...

 Aprendimos que la cocina era nuestro lugar en el mundo, desde pequeñas, jugando a ser mamás. Los Reyes Magos nos dejaban planchas y lavarropas de juguete… y los príncipes azules, bellos, bondadosos, fieles, muy azules, rondaban nuestra cabeza para instalarse en nuestro corazón.

Las ansias de volar nos llevaban a castillos encantados, pero volábamos bajito porque las alas eran cortas y los pies permanecían atados a cadenas tan invisibles como rígidas.
Como quisimos ser las princesas perfectas, no pudimos ver la gran telaraña que nos iba envolviendo, aquella que se tejió durante siglos y nos volvió sumisas y abnegadas.
Así, lo cultural se hizo carne.
Mientras nos pensábamos protagonistas de un cuento de hadas, el príncipe, varón por excelencia, podía elegir a la mejor candidata, entre todas las aspirantes del reino. Cenicienta (hasta su nombre era triste) tenía que sufrir mucho, obedeciendo a seres malvados, antes de merecer el gran amor; el zapatito solo le iba a la más apta, en esa escala de valores… ¿y el príncipe? El príncipe había nacido para rescatarla ¿Qué más podía pedir?
No nos enseñaron a ver más allá del pensamiento mágico, a devolver el zapatito si nos hace ampollas, a alejarnos cuando no se cumplen nuestras expectativas, a decidir nuestro futuro, a respetarnos.
La felicidad puede durar un instante, pero no se da por arte de magia. Ya pasó la medianoche, es hora de comprender que no habrá hadas madrinas para convertir la calabaza en carroza.
Ahora que sabemos que no todos los príncipes nos merecen, que los cuentos son modelos instituidos y no siempre comeremos perdices, que el cambio debe empezar por la propia valoración … elijamos, por nosotras mismas, principios felices para finales felices.

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