Estela Julia Quiroga-Historias del 2020
Pilar tenía setenta años. Hacía más de veinte que vivía sola. Era viuda. Sus tres hijas se habían casado, como Dios manda, y en estricto orden de aparición. Media docena de nietos le arrancaban sonrisas en cada encuentro y aun estando lejos con solo recordarlos se le iluminaba la cara.
Cada noche, antes de ir a la cama hacía una minuciosa recorrida por toda la casa para controlar que todo estuviese en ordenSe levantaba temprano, abría las ventanas y llenaba sus pulmones con aire. Se daba una ducha. Se vestía con alguno de sus equipos deportivos e iba al club. Era feliz, se sentía plena.
Un día leyó en el diario que allá, en la China, había un virus que se ensañaba con la gente mayor. “Está muy lejos -pensó mientras sorbía un mate- No hay de qué preocuparse.
Pilar no contaba con el vértigo de las conexiones en el siglo XXI. El 20 de marzo se decretó la cuarentena. Su vida -como la de tantos otros- se había dado vuelta en un segundo.
No se alarmó. Tomó todos los recaudos necesarios. Dejó de ir al club, de visitar a sus amigas y a su familia, empezó a hacer las compras por Internet, a festejar los cumpleaños por Zoom, a lavarse las manos cada diez minutos mientras rezaba una avemaría.
El tiempo transcurría inexorable sin caricias, sin mates compartidos, sin almuerzos familiares, pero ella era muy disciplinada y podía sobrellevarlo.
Un jueves recibió el pedido del supermercado. Se esmeró en respetar todos los protocolos.
El virus estaba agazapado en una botella de vino que a Pilar se le había pasado por alto limpiar entre otras tantas cosas que había recibido…
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