Estela Quiroga-Sin tregua

 María tenía la boca seca y el cuerpo empapado. Estaba oscuro. El miedo se deslizaba por sus hombros. Desde aquel rincón con olor a orina podía ver las botas. Ellos estaban ahí acechándola. Esperando el menor indicio para poder atraparla igual que antes habían hecho con sus compañeras.

Pensó que tenía que salir de aquel rincón inmundo. Hacía muchas horas que estaba recostada sobre la espera.
Recordó El cascanueces, la Navidad, todas sus clases de ballet, luego se le escapó un suspiro, se miró las piernas y los pies, aquellos pies que horas y horas ejercitaban para vencer la gravedad, esta vez, le habían permitido escapar. Toda su vida (que de hecho no superaba los veinte años) había vivido en una cajita de música.
Ella, lentamente, había ido descubriendo otros aspectos de la realidad. La vida era algo más que un tutú y unas zapatillas de punta. Tenía derecho a luchar por un mundo diferente. Pensó en Juana de Arco, en Rosa Parks y en su madre. Tomó coraje.
Allí estaba detrás de aquel galpón enorme, cerca de la casa de un amigo de su hermano, seguramente que él iba a saber cómo ayudarla.
Ya no vienen, se dijo. Se levantó como una exhalación y salió corriendo a campo traviesa. Tenía hambre y la sed la estaba volviendo loca, pero era disciplinada como una espartana y no se quejó. Encontró la casa. Confiaba en aquel hombre.
- ¡María qué haces solita y a estas horas!
Entonces sintió que un gusto agrio le subía hasta la boca. Ella estaba desesperada y aquel hombre la miraba como si pudiera devorarla. ¿Qué otra cosa podía esperar? Después de todo, como decía su padre “era solamente una mujer”.


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