Laura Liliana Gramajo-No basta una etiqueta

 Un póster fue, sí creo que fue un póster, pero bueno... ahora que lo pienso mejor, tal vez es el recuerdo de una imágen de alguna propaganda de T.V. ¡Sí de T.V.! Ya lo sé, póster y T.V. ¡Qué antigüedad! Pero ambos formaban parte de aquella adolescencia, a veces marcaban nuestros días y otras nuestros sueños. Y su imágen llegó a través de no sé qué, porque el recuerdo, el bendito recuerdo, también se alimenta de olvidos. Y era ella, divina, su boca convocaba a detenerte y hacer en ese mismo instante una promesa a cualquier dios de turno y ¡pedir esos labios! Su pelo oro, que me obnuvilaba, me marcaba lo imposible; y su cintura dibujaba cualquier vestido, no sólo el icónico blanco aquel que todas quisimos. Entonces escuché su nombre: Marilyn, dijo mí hermana y así quedó asociado a aquello que por muchos años fue para mí un derrotero, ese camino que no elegiría por mucho tiempo, ser bella como ella. Su nombre iba acompañado indefectiblemente de ser tonta, ausencia del pensar, creo que fué así como la olvidé. ¡Sí! Yo también fuí y a veces soy, víctima de los estándares, y circulaba uno -hijo de sus madre- panfleteando que pensar y ser bella eran como el agua y el aceite. Maldita adolescencia y juventud.

Otra vez mí hermana la trajo con una oferta interesante: ¿ Te depilo las cejas cómo Marilyn? ¡Qué oferta! Ahora sí estaba dispuesta a aceptarla, la conocía un poco más, sabía de su muerte, un suicidio. Surgieron dudas con respecto a ello, todavía las hay, pero suicidio o no, creo que sufría, porque como tantas otras femeninas, luchó, vivió y lloró el ser etiquetada por las formas, por imágenes petrificada, que intentan encorsetarnos pero no nos definen.

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