María Natalia Trouvé-La Geno
Yo creo que por dentro la abuela era una casa habitada por fantasmas. El pasado brotaba por sus tobillos como el salitre por las paredes, agrietándola lentamente.
Mientras ayudaba a pintarle las mejillas antes de que la lleven a la sala velatoria iba recordando todo lo que nos dejó la vieja: el amor a la comida árabe, a la limpieza de la casa; el gusto por el delineador negro para los ojos, la terrible exaltación de la belleza y sobre todo la culpa. Imborrable, como una mancha imposible. Aferrada con uñas y dientes. La culpa.
Las mujeres no servimos decía, mientras le servía a los demás. Las manos gruesas, inmensas de tanto dar.
La imaginaba tragándose las lágrimas mientras la arrodillaban sobre maíz por haber peleado con un hermano varón cuando era una niña. Seguro reclamando algún derecho.
Luego trabajó y trabajó, mantuvo, sostuvo, cuidó pero a nosotras siempre nos dió sfijas rotas.
Las mujeres no valemos mucho.
No merecemos una entera.
Ni un amor real.
Ni una miga de aliento.
Ni un sorbito de sabiduría.
Para nosotras nada.
Porque no servimos.
Y mejor morir callada, sentadita en una silla. Quieta, aguantando la pena.
Así para cuando te encuentren crean que estás dormida. Haciéndote la muerta para poder escuchar y saber con certeza si algún ser amado, finalmente, te llora; al menos un poco.
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