Mónica Valeria Mansilla-Lucía

 Lucía ya no llora.

Parece que todas sus lágrimas se acabaron en aquellos días.
Quienes la observamos, podemos ver su espíritu esquivo, mudo y demasiado agreste para sus jóvenes años.
La mayoría no la comprende, ni siquiera lo intenta. La indiferencia multiplicada por mil; esa idea de que “sabía dónde se metía” o “si se queda es porque le gusta” “que pague lo que tenga que pagar” entre otras frases viejas, y absolutamente vacías.
Ella percibe el rechazo, los dichos en voz baja, y las miradas cargadas de palabras contenidas; pero ya no llora, ya no.
Transita la vida como puede, golpeando puertas, trabajando largas horas, sintiendo en su frágil cuerpo el pesado peso de una tristeza que parece infinita.
Muchas veces soñó una vida maravillosa, esa de las novelas; y aunque su madre la volvía una y otra vez a la realidad; Lucía no podía dejar de creer en las promesas de quien una y otra vez, sin corazón alguno ensombrecía su alma y castigaba su amor.
¿Amor? Quizá eso era el amor…lo único que conoció.
Había oído por allí que el “que ama lo da todo” “lo soporta todo”, y que “juntos para siempre”, y que, bla, bla, bla… ¿Qué sabe la gente sobre el amor?
Lucía ya no llora, pero tampoco ríe.
Yo la conocí en el grupo, siempre llega a las corridas, y nunca viene sola.
No es de hablar mucho, pero pudo contarnos que hay situaciones extremas que día a día lucha por olvidar, y que sabe que en esta vida hay mucho para soñar.
Lucía ya no llora, hoy lo puede contar, mientras unas pequeñas manos la acarician y balbucean “mamá”.




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