Rosa María de los Ángeles Martínez-Recuerdos

 Las juntadas en las veredas a la oración, donde escuchabas historias de las cañas tacuaras de la casa de don Rafael a quien casi nadie se acercaba por su carácter de tano gruñón…

Cuando entrabamos, nos sentábamos alrededor del brasero este era la cocina de la abuela, el tazón con batata esperaba ser llenado con leche…
El perfume de los azahares del naranjo y del jazmín paraguayo invadía la casa…
Y, si hay historias de nuestras vidas que nos dejan un sello en nuestras almas como esta.
Golpeaban las manos una mañana. Por las hendijas de la puerta el sol dejaba entrar sus rayos, la abuela se levantó, saco la tranca de la puerta alta y antigua grito: “Ya vaaa”.
Comenzó a vestirse presurosa, se hizo su clásica banana a la que acomodo con horquillas, y mientras ella empolvaba su rostro con el polvo “Face” yo miraba a aquel alto señor que esperaba impaciente detrás del alambrado.
La abuela salió llevando en sus manos la llave del candado.
El señor levantaba a la abuela en el aire, él se chocaba su cabeza entre los gajos bajos de la palta y entre las glicinias en flor del encatrado.
La abuela acomodo el catre en la pieza de atrás, para el visitante mi tío abuelo, ahh!!! Cuyo nombre era Faustino.
En el almuerzo la abuela puso el mantel las copas de vino trajo del brasero las ricas empanadas jugosas. Conversaban sobre política y como en la capital que es donde se había radicado, los problemas de los paros industriales generaban disturbios en la famosa plaza de mayo.
Yo no entendía nada de lo que hablaban así que pedí permiso y me fui a jugar con el chacho el perro de la abuela del cual hablare en el próximo cuento.

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