Silvia Esther González-Los puros de la Juana
Los puros de la Juana
Dicen que la Juana supo ser una morena apetitosa, que paseaba por el pueblo ceñida en un vestido que resaltaba, en lugares muy precisos, la fuerza de su juventud.
Dicen que tenía una risa clara y desafiante, y una mirada que parecía estar repleta de pecados mortales.
Dicen que todos los hombres desearon ser su amante, aunque ninguno podía jurar que la hubiera tenido en sus brazos, mucho menos en su cama.
De muy chica había trabajado en los campos: cosechando las hojas, colgándolas en los secaderos, apilándolas y cuidando amorosamente su fermentación. El mismo mimo que puso después, cuando llegó a torcedora.
Dicen que a la Juana, el aroma del tabaco le excitaba los sentidos, y eso mismo quería conseguir en los hombres que fumaran los puros que ella armaba.
Dicen que cuando arrollaba las hojas, con sensualidad, sobre sus piernas desnudas, suspiraba y anidaba la fantasía de adueñarse de todos los apetitos, deseos y tentaciones de los hombres.
Dicen que cuando por las calles, los veía fumando, con la mirada perdida de placer, los ojos lujuriosos aspirando su habano, era feliz.
Afirman que los hechizaba, y que se regodeaba satisfecha, al saber que, aunque luego se refugiaran en otros abrazos, el perfume con el que soñarían, sería siempre el suyo.
Aseguran que nunca fue de nadie, pero que los tuvo a todos.
Dicen, también, que murió de vieja, mientras dormía. Y que cuando la encontraron aún conservaba una sonrisa traviesa y un puro debajo de la almohada.
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